“Estados Unidos es un país que ha perdido la confianza en sí mismo, en su identidad y en su futuro. Es una sociedad asustada, enojada”. Esta afirmación del personaje que quiere ser el candidato republicano a la presidencia de ese país, le permite a Peter Beinart hacer el siguiente análisis: “Hay tres razones principales para el ascenso de Trump. Primero, que los norteamericanos no se han recuperado de la crisis financiera y no han visto aumentar sus salarios en los últimos 15 años. Segundo, el aumento de los superricos y la eliminación, gracias a la Suprema Corte, de todo límite a la compra de candidatos, lo que ha convertido a la política de ese país en enormemente corrupta. Tercero, el terror de los norteamericanos viejos de perder lo que daban por seguro, que es el predominio blanco. Trump es el único de los candidatos que ha visto y entendido que esto es lo más importante para muchos norteamericanos, algo que sus oponentes no percibieron así de claro o no se atrevieron a enfrentar en sus discursos de manera tan directa”.

Esto no es del todo cierto, pues también el precandidato demócrata Bernie Sanders ha hablado contra las megafortunas y la corrupción de la política. Y si Trump ha prometido blindar a su país contra todos los que “explotan nuestra economía” (eso incluye a los aliados y a los países que “reciben nuestra protección”, a los migrantes hispanos que “se quedan con los empleos y mandan millones de dólares para afuera” y a los musulmanes que “nos amenazan”), Sanders también ha hablado de ir contra los países que aceptan pagar salarios demasiado bajos, haciendo que a las empresas les convenga instalarse en ellos, afectando con eso al empleo dentro de Estados Unidos. La retórica de Trump es sin duda extremista, pero responde a una preocupación que comparten muchos.

El problema de esta retórica extremista, de este hablar muy alto y arremeter contra todo, es que, como sucede con los que la usan, sean de derecha o de izquierda, ella se sostiene sobre la afirmación de que el mundo se va a caer si no se hacen las cosas como él (ellos) quiere(n).

Y en este punto es donde radica el riesgo más grave.

Porque los líderes republicanos ya han sido sobrepasados. Dejaron llegar demasiado lejos esta precandidatura y ahora están asustados y la quieren parar, diciendo que el magnate no representa al partido, apoyando a quienes no tienen siquiera un programa (como Ted Cruz que ha construido su candidatura con base en sólo oponerse a Trump) y ¡hasta sugiriendo que sería mejor votar por Hillary Clinton!

Pero no va a ser fácil, porque parar a Donald significaría enfrentarse a los militantes de base que mayoritariamente le han dado su apoyo, y que están dispuestos incluso a que “se destruya al partido”.

Los analistas afirman que todo el ruido en torno a este señor no significa que vaya a ganar las elecciones. Argumentan que la mayoría de los norteamericanos no apoyan la idea de convertir a los negros, a los hispanos y a los musulmanes en chivos expiatorios de su resentimiento, y aseguran que los blancos que sí lo hacen no son suficientes para lograr convertirlo en presidente, pues mientras aquellos tres grupos componen un 30% de la población votante, el peso de estos disminuye cada vez más.

El riesgo, sin embargo, como lo advirtió el propio Trump, es que si no lo eligen haya revueltas sociales. O, y eso es aún más grave, que sean capaces de llegar todavía más lejos, pues a estas alturas de las cosas, la única manera de cambiar el panorama sería… que sucediera un ataque terrorista.

Ya lo vimos hace unos años en España, ya lo vimos el año pasado en Israel: esa es la única manera de lograr el cambio de último minuto hacia un candidato con este tipo de discurso extremista. Y ¿por qué no pensar que eso pueda suceder en Estados Unidos, promovido por el propio candidato o por sus seguidores?

Escritora e investigadora en la UNAM
sarasef@prodigy.net.mx
www.sarasefchovich.com

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